Sería imposible pensar que nada cambia, que nosotros no cambiamos, si tenemos al menos una mínima participación en la vida. Cualquier cosa, hecho o persona con la que interactuemos nos afectará, del mismo modo que nosotros a ella, y esto nos hará cambiar, aunque sea mínimamente. Ni qué decir tiene entonces que vivamos experiencias que realmente nos afecten, nos hagan tomar decisiones, adaptarnos a una nueva situación.
Así que, de nuevo, he cambiado. Me sigo encontrando a mí misma cada día, cosa que no hace tanto me estaba costando muchísimo. Y ahora me veo tan distinta en comparación con hace 365 días...
... Hace 365 días estaba descubriendo mi nuevo yo: el yo de la vida independiente, de vivir fuera de casa, y de lo distinta que era a cuando volvía a casa los fines de semana. Allí era una vaga y descuidada, y en el piso me estaba volviendo una maniática del orden, obsesa del control y líder de la casa. Nada más llegar de clase hacía la cama, limpiaba todos los días, llevaba el control de lo que hacían los demás, recolocaba la vajilla para que siempre estuviera igual, me molestaba un cojín fuera de sitio... Me gustaba ser ordenada, pero hasta yo llegué a incordiarme a mí misma.
A día de hoy, sigo siendo ordenada en lo mío: limpio a fondo la habitación una vez a la semana, bajo las persianas de noche para que no entre frío, cumplo mis tareas de limpieza en la casa... Pero también he llegado a pasar varios días sin hacer la cama, tirándolo todo encima de ella. Hago equilibrismos entre cables, piso un suelo que nos lo agradece si llegamos a limpiarlo una vez a la semana. Me dejo el abrigo en el salón, el cesto de la ropa está siempre lleno, hay pelos en el lavabo y no me importa, y la barra de la cocina siempre está hecha un caos. Me he relajado, y he descubierto que me siento bien.
He aprendido lecciones muy valiosas en estos últimos meses. He aprendido a soportar más allá del que creía mi límite, me he dado cuenta de que no puedo intentar que todos miren a través de mis ojos, ni piensen a través de mi cabeza. Que las cosas son como son y al mundo se la suda si yo las veía venir o no. Estoy aprendiendo a aceptar situaciones inaceptables, a dejar atrás todo aquello digno de decepcionarme, a no dejarme llevar, a no dar más que recibir porque, en el mundo, poquísimas personas lo merecen. Estoy aprendiendo lo que de verdad es aprender de los errores; que tenía que cometer un gran error para aprender una gran lección. Estoy aprendiendo a aceptar que me he equivocado, que me he dejado llevar, y que si estoy sufriendo es por haber tenido sentimientos sinceros y nobles. Que es difícil tratar con una persona reservada, pero que al igual que yo debo tratar de entenderle, está en su mano explicar lo que siente. He aprendido que hay que saber diferenciar por quién merece la pena cambiar y por quién no, y que no puedes obligar a nadie a cambiar si no quiere hacerlo; si no quiere, si ni siquiera al menos lo intenta, esa persona no merece la pena. He aprendido que quedarse más tiempo de la cuenta puede significar no darlo todo, sino más de lo que se debería. He aprendido a no olvidarme de mí, por no olvidar a nadie más. Estoy aprendiendo a soportar los "si hubiera...", a fijarme en las cosas tontas buenas y quedarme en ellas un rato más, porque es lo bueno que tienen que ofrecerme los días. He aprendido que soy más fuerte de lo que pensaba. He aprendido a quererme más a mí misma, a ver quién de verdad está ahí para frenar mi caída al abismo.
Tal vez todo esto no sea más que el consuelo que busco para seguir adelante, pero es importante mantenerse a flote, aunque aún no se sepa hacia dónde nadar. Y sé que será difícil, pero no he visto a ningún invidente detenerse por no ver la luz hacia la que caminar.
La gran moraleja de esta historia es que nada, por muy malo que parezca, es 100% malo.