jueves, 29 de noviembre de 2012

He aprendido...

Sería imposible pensar que nada cambia, que nosotros no cambiamos, si tenemos al menos una mínima participación en la vida. Cualquier cosa, hecho o persona con la que interactuemos nos afectará, del mismo modo que nosotros a ella, y esto nos hará cambiar, aunque sea mínimamente. Ni qué decir tiene entonces que vivamos experiencias que realmente nos afecten, nos hagan tomar decisiones, adaptarnos a una nueva situación. 

Así que, de nuevo, he cambiado. Me sigo encontrando a mí misma cada día, cosa que no hace tanto me estaba costando muchísimo. Y ahora me veo tan distinta en comparación con hace 365 días... 

... Hace 365 días estaba descubriendo mi nuevo yo: el yo de la vida independiente, de vivir fuera de casa, y de lo distinta que era a cuando volvía a casa los fines de semana. Allí era una vaga y descuidada, y en el piso me estaba volviendo una maniática del orden, obsesa del control y líder de la casa. Nada más llegar de clase hacía la cama, limpiaba todos los días, llevaba el control de lo que hacían los demás, recolocaba la vajilla para que siempre estuviera igual, me molestaba un cojín fuera de sitio... Me gustaba ser ordenada, pero hasta yo llegué a incordiarme a mí misma.

A día de hoy, sigo siendo ordenada en lo mío: limpio a fondo la habitación una vez a la semana, bajo las persianas de noche para que no entre frío, cumplo mis tareas de limpieza en la casa... Pero también he llegado a pasar varios días sin hacer la cama, tirándolo todo encima de ella. Hago equilibrismos entre cables, piso un suelo que nos lo agradece si llegamos a limpiarlo una vez a la semana. Me dejo el abrigo en el salón, el cesto de la ropa está siempre lleno, hay pelos en el lavabo y no me importa, y la barra de la cocina siempre está hecha un caos. Me he relajado, y he descubierto que me siento bien. 

He aprendido lecciones muy valiosas en estos últimos meses. He aprendido a soportar más allá del que creía mi límite, me he dado cuenta de que no puedo intentar que todos miren a través de mis ojos, ni piensen a través de mi cabeza. Que las cosas son como son y al mundo se la suda si yo las veía venir o no. Estoy aprendiendo a aceptar situaciones inaceptables, a dejar atrás todo aquello digno de decepcionarme, a no dejarme llevar, a no dar más que recibir porque, en el mundo, poquísimas personas lo merecen. Estoy aprendiendo lo que de verdad es aprender de los errores; que tenía que cometer un gran error para aprender una gran lección. Estoy aprendiendo a aceptar que me he equivocado, que me he dejado llevar, y que si estoy sufriendo es por haber tenido sentimientos sinceros y nobles. Que es difícil tratar con una persona reservada, pero que al igual que yo debo tratar de entenderle, está en su mano explicar lo que siente. He aprendido que hay que saber diferenciar por quién merece la pena cambiar y por quién no, y que no puedes obligar a nadie a cambiar si no quiere hacerlo; si no quiere, si ni siquiera al menos lo intenta, esa persona no merece la pena. He aprendido que quedarse más tiempo de la cuenta puede significar no darlo todo, sino más de lo que se debería. He aprendido a no olvidarme de mí, por no olvidar a nadie más. Estoy aprendiendo a soportar los "si hubiera...", a fijarme en las cosas tontas buenas y quedarme en ellas un rato más, porque es lo bueno que tienen que ofrecerme los días. He aprendido que soy más fuerte de lo que pensaba. He aprendido a quererme más a mí misma, a ver quién de verdad está ahí para frenar mi caída al abismo. 

Tal vez todo esto no sea más que el consuelo que busco para seguir adelante, pero es importante mantenerse a flote, aunque aún no se sepa hacia dónde nadar. Y sé que será difícil, pero no he visto a ningún invidente detenerse por no ver la luz hacia la que caminar.

La gran moraleja de esta historia es que nada, por muy malo que parezca, es 100% malo. 


martes, 6 de noviembre de 2012

Dicen...


“Dicen que a lo largo de nuestra vida tenemos dos grandes amores; uno con el que te casas o vives para siempre, puede que el padre o la madre de tus hijos, esa persona con la que consigues la compenetración máxima para estar el resto de tu vida junto a ella… Y dicen que hay un segundo gran amor, una persona que perderéis siempre. Alguien con quien naciste conectado, tan conectado que las fuerzas de la química escapan a la razón y os impedirán, siempre, alcanzar un final feliz. Hasta que cierto día dejaréis de intentarlo. Os rendiréis y buscaréis a esa otra persona que acabaréis encontrando. Pero os aseguro que no pasaréis una sola noche sin necesitar otro beso suyo, o tan siquiera discutir una vez más… Todos sabéis de qué estoy hablando,porque mientras estabais leyendo esto, os ha venido su nombre a la cabeza. Os libraréis de él o de ella, dejaréis de sufrir, conseguiréis encontrar la paz (le sustituiréis por la calma), pero os aseguro que no pasará un día en que deseéis que estuviera aquí para perturbaros. Porque, a veces, se desprende más energía discutiendo con alguien a quien amas que haciendo el amor con alguien a quien aprecias…”.

Paulo Coelho

domingo, 4 de noviembre de 2012

Es todo.


¿Madurez? Creo que lo que se me está pidiendo no es madurez. El amor de mi vida me deja, pasa de luchar, porque no soy tan importante para él como él lo es y será siempre para mí, pese a que crea que ya no merece la pena estar con él por cómo se está comportando conmigo, pese a que odie sentir lo que siento por él y que algún día fue lo más maravilloso que me pudo pasar. Me deja, y pretende que actúe cada día como si nada, con una sonrisa, que no haga ni un reproche, que no esté resentida con él por abandonarme, que no me duela imaginar que cualquier otra persona del mundo, mucho menos importante para él, pueda tan siquiera hablar con él, hacer bromas, estar en su vida… cosa que a mí me ha negado. Pretende que no me vuelva loca de impotencia cuando veo que empieza a tener cosas especiales con otras personas, cosas “suyas” que sólo ellos saben. Ver que se acuerda de otras personas y que recurre a ellas cuando está mal. Que no soy necesaria en su vida y que jamás me necesitará. Pretende que todo eso no me importe, o que al menos, finja que es así. Pues si encima me duele todo esto, fingir que no pasa nada para incrementar aún más su bienestar, duele el triple. Es egoísta, me deja para estar mejor, y le importuna que simplemente me queje, que trate de expulsar fuera una mínima parte del dolor que siento por dentro. Puedo expulsarlo, pero a su manera, como él diga, porque todo lo que haga fuera de lo que le parece coherente, está mal. Y me lo recrimina. Pero ya no estoy en su vida, y porque él así lo quiso; entonces, ¿por qué tengo que seguir tratando de complacerle? Ni siquiera me deja sentir mi dolor en paz. Que ofenda mínimamente a otra persona, no creo que le cause ni una décima parte del dolor que siento yo. Estoy destrozada por dentro. La parte más difícil del día es el despertar, porque tengo que enfrentarme a otro día en la vida en el que no sé ni por dónde empezar, porque siento que no tengo sentido aquí. No me planteo suicidarme, pero entiendo a los que lo hacen, porque veo la muerte como una vía de escape.
Es mi dolor, y creo que después de lo que me has hecho, tengo derecho a vivirlo como quiera, o más bien pueda. ¿Te crees que me gusta ir ofendiendo a la gente, estar enfadada, frustrada o dolida? ¿Te crees que no preferiría no sentir ahora nada por ti y ser feliz, aunque sea sola? Yo no quiero estar contigo, yo quiero estar bien y ser feliz; el problema es que aprendí a serlo contigo, y desaprendí todo lo demás. Eres la necesidad que más odio tener ahora mismo, pero no puedo evitarlo. Y me vuelvo loca al pensar que nunca jamás me dejarías, que sabías que yo era distinta, y que iríamos al altar juntos, pero ahora me has abandonado, desechado, despreciado, porque sobro en tu vida. Así lo veo, perdóname si para ti tiene un significado diferente, pero así lo siento yo. Que te quejes de mi punto de vista, me lo eches en cara, o me critiques con tu amiga por la espalda, no va a hacerme sentir mejor ni cambiar de parecer. Tal vez tampoco sea eso lo que estés haciendo, pero no sé nada de ti ahora mismo, y me lo imagino todo y siempre me pongo en lo peor, porque aprendí que es mejor llevarse una alegría de vez en cuando, que decepcionarse cada vez. Así que me planteo lo peor por miedo, y por la tranquilidad de que no puede ser aún peor de lo que me imagino.
Aun así, no puedo dejar de sentirme decepcionada contigo, y es porque aunque sé que la empatía no es lo tuyo, que eres incapaz de comprenderme, que cada acción que haga o hice en el pasado para ti siempre tenía el peor sentido posible… nunca dejé de creer en ti, y creer en que si me querías, terminarías dándote cuenta de que no soy mala, de que te quiero y no hago las cosas para fastidiarte. Creí en ti y no me fui yo de tu lado aunque cada vez fuera más un cero a la izquierda, porque pensaba que algún día, después de tanto decírtelo, reaccionarías y lucharías por nosotros, por lo que algún día tuvimos y creí que no querrías perder. Creí que merecíamos más la pena. No me fui aun estando harta y convencida de que ya no me mirabas con los mismos ojos, que ya no tenías ilusión, que cada vez preferías más otros planes que a mí. Tal vez no tengamos el mismo tipo de fe, pero créeme, sé lo que es la fe, y tú eras la razón de que yo la tuviera. Imagínate lo importante que eras y, lamentablemente, sigues siendo para mí.