lunes, 28 de octubre de 2013

Miradas que acarician.

Una mirada que va más allá del simple hecho de mirarte, de observarte. Una mirada que no sólo te comunica una idea o mensaje mientras sus ojos conectan con los suyos. Una mirada que no sólo es capaz de transmitirte lo que en ese momento está pensando. Incluso lo que está sintiendo. Una mirada que te hace sentir lo que siente y algo más propio y particular. Una mirada que no sólo te recorre y te hace removerte inquieta en la silla porque no te cabe dentro tanto transmitido, tanto despertado en tu interior con sólo mirarte así... Descubriéndote, haciéndote saber lo que siente por ti y haciéndote ser consciente de todo lo que sientes, podrías y llegarás a sentir por él. Una mirada que te desnuda y llega hasta lo más profundo de tu ser. Una mirada que te toca, que te roza, que te acaricia; con la suavidad de los rayos de sol en verano, de la cálida brisa del mediodía, de las sábanas de la cama abrazándote cada mañana para que no la abandones. Una mirada que en sí misma te abraza, te envuelve dentro y no te deja escapar, te hace no querer escapar. Una mirada que te atrapa, que te desnuda el alma. Una mirada que te hace el amor. 

El poder de la mirada es tal, que podría no haber habido ningún intercambio de palabras, ninguna sonrisa tonta, cómplice o traicionera y delatadora. Ningún irresistible olor a su colonia en el cuello. Ninguna caricia o abrazo. Ningún roce de narices. Ningún beso. Con tan sólo mirarme me ha saludado, hablado, mimado, transmitido, abrazado, besado y... amado. Suena muy fuerte, tal vez no en sentido tal literal, pero es que hablo muy en serio: me ha hecho el amor con la mirada. Y es algo que espero no olvide jamás. Porque adoro sus ojos, y ahora me miran...