sábado, 2 de noviembre de 2013

Derribando muros

Si lo sientes, lo sabes. Si dudas, es que tal vez no lo sientas realmente. Al menos por ahora. Entonces, ¿por qué en unas ocasiones lo veo tan claro que tengo que contener las ganas de gritarlo, de soltarlo, de decírselo una y otra vez, y otras, en cambio, dudo hasta de mi nombre?

Tal vez se trate de todos y cada uno de esos pequeños o no tan pequeños y hasta entonces aparentemente inexistentes traumas que, al fin y al cabo, no han hecho sino complicarme en cada paso que casi inconscientemente he comenzado a dar y ahora quiero hasta convertirlos en zancadas en esa dirección a la que antes evitaba tan siquiera mirar. Hace tiempo cerré una puerta con llave y me la tragué. Empecé a abrir ventanas y la metáfora se me fue de las manos, porque la puerta que cierras no es sino una parte de tu vida, que no una etapa, y tarde o temprano quieres volver a abrirla. Lo que había cerrado era, sencillamente, mi corazón. Y claro, con tanto ventanal y buenas vistas, ¿quién quiere volver a complicarse la vida con el portón? "Ya habrá tiempo de abrirlo", me decía... Pero cuando cada vez con más frecuencia oyes al otro lado cómo llaman y quieren entrar, y sin ver lo que está al otro lado ya casi te parece mejor que lo que ves con tus propios ojos por las ventanas... llega un momento en que es inevitable no querer abrir la puerta y dejarse de tonterías. Pero esa llave que te tragaste al final acaba haciendo daño. Cuesta deshacerse de ella y más aún cambiar la cerradura. 

Pero me voy a dejar de metáforas. Cuesta volver a querer, o bien cuesta querer sin traumas, sin recuerdos... sin temores, al fin y al cabo. Cuesta darte cuenta de que quieres, que quieres querer, y que con tanto pájaro y miedo en la cabeza acabas por no ver lo fácil y evidente: un montón de piedras en un camino lo más recto y sencillo posible. Un paso adelante, y tres hacia atrás. Y acabas por no saber qué coño estás haciendo, por qué te complicas tanto. Las dudas te comen, los rencores pasados crecen, y acabas por odiarte a ti misma. Pero llega un momento de esos de debilidad, en los que los sentimientos se ponen a flor de piel y no puedes contenerte más, te dejas llevar y ya está. Si te sale, es por algo. "Te quiero". Y lo sientes aún más cuando lo has dicho. Y entonces parece que todo cambia. Pero sigues acojonada y no sabes qué estás haciendo ni por qué. Es como el montaje de rítmica. Tú sal al tapiz y cómetelo. Sabes lo que quieres y tienes que hacer, pues no pienses y déjate llevar. Sólo cuando lo haces, al final, te sientes completa. La primera vez no sabes ni lo que has hecho, pero las siguientes veces vas siendo consciente... y aprendes a disfrutar de cada uno de esos momentos que son un puto regalo del cielo. Y te relajas. "Te quiero". Y esta vez ha sido tan fácil que por fin vuelve la sonrisa estúpida y genial a la cara, la mirada se te ilumina, y las mariposas retornan a su lugar. 

De pronto, adoro sentirme enamorada. Lo que hace un par de semanas no quería ni oir ni pensar. Nunca dejo de repetirme en la cabeza la frase de aquel profesor de religión: "cuando quieres, quieres querer". Me reconforta pensar que es así. Y quiero aprovechar cada minuto de esta oportunidad. Creo en el karma y creo que esta es una recompensa que me ha venido demasiado pronto, pero que no pienso desperdiciar. Cada vez lo veo más fácil, y deseo necesitar el menor tiempo posible para que los dos nos podamos dejar llevar a ciegas, sin temores, sin katakrokens... 

En cada paso de mi vida me sorprendo y aprendo un poco más de mí misma, de cómo soy y cómo debo actuar acorde conmigo. No sabía de esta parte tan chiflada mía, pero hay que conocerse para avanzar. Es el encanto de crecer como persona. Ahora ya me estoy aceptando y aprendiendo a manejar... Y asimilando lo que nunca me había costado tanto. Y sonriendo al pensarlo. 

Ese miedo a perderme ha desaparecido, ahora sólo tengo miedo de no estar a su altura... pero confío en mi. Confío en mi porque él confía en mi y yo confío en él. 

Dos naranjas enteras.