viernes, 4 de abril de 2014

Estirar la goma

Hace tiempo que no escribo. No escribo desde que la felicidad es fugaz y vulnerable. Porque cuando estoy bien trato de aprovecharlo al máximo al tener la triste certeza de que no durará mucho, al tener el constante interrogante en mi cabeza: "¿cuánto durará esta vez?". 
Porque cuando más quiero escribir es cuando más lo necesito y también cuando peor estoy. Y porque no quiero leer esto después de tiempo y ver que fui infeliz. No quiero ver cómo he vuelto a perder los cabos de mi vida y se ha echado a perder de nuevo. No quiero, ni puedo creerlo.

Porque cuando se empieza una relación vuelves a creer que el amor lo es todo, porque es tan increíblemente maravilloso y aporta tanta felicidad, que te parece impensable que algo así se pueda truncar. 

El momento más triste de la vida no es cuando la relación se acaba, sino cuando te das cuenta de que ha de acabarse, de que no puedes hacer nada más. La impotencia, el ver cómo tienes que soltar, aunque pudieras seguir corriendo tras ello. Dejar ir cuando es lo que menos quieres. Y recuerdo una de las frases que más me jodió leer en su día, que decía algo así como "cuando estiras una goma por encima de sus posibilidades se rompe. Pues lo mismo con las relaciones".

Cuando la razón se impone al corazón. La magia se rompe y con ella mueren la fe y la esperanza. El vaso se vacía y el cielo se cubre de nubes grises. Podría hacer mucho más, pero es aún más duro saber que no sólo depende de ti, y que la otra persona no parece estar luchando a capa y espada por reencontrarse contigo, sino por escapar en la dirección contraria. 

Una relación no debería ser un volverse las espaldas y una eterna persecución para alcanzar a la otra persona. Una relación debería ser mirarse a la cara, y cuando algo se ponga en medio, correr de nuevo al encuentro mutuo. 

No puedo correr sola.