domingo, 26 de enero de 2020

Pensándote

Dibuje las lineas de tu cuerpo tantas veces… recorriendo con mis dedos esa frontera entre el blanco y el marrón, pensando en cómo la piel oscura se veía a través del pelo blanco y parecía que formara un color gris azulado. Veía una España gorda, hinchada en la parte que en realidad sería Portugal. Tantas veces te coloqué el flequillo hasta entender que, al instante, te lo despeinabas sacudiendo la cabeza para cubrir tus ojos con él porque pretendías así evitar a las moscas. Entonces empecé a despeinártelo, a cubrir yo tus ojos; ojos que tantas veces acaricié, dibujando con mis manos la forma que los huesos de tu cara hacían sobre ellos, descubriendo una vez cuánto te gustaba que te acariciara ahí, justo encima, muy cerca de la sien. Tu dejabas caer todo el peso de tu cara sobre mi mano y yo nunca había sido tan feliz ni había estado tan lejos de ser consciente de ello, de una felicidad tan pura y plena; de tener tal privilegio en la vida: tenerte.

Cuántas veces renegué de lo vago que eras y de que me ignoraras cuando te llamaba. Cuánto me llenaba el día en que te dignabas a acercarte. Tú siempre tan así: si te llamaba, acariciaba y seguía como una obsesa que era de ti, tú continuabas zampando hierba y caminando en cualquier dirección, sin prisa. Pero ay, como me fuera… enseguida me mirabas de reojo, o con el ojo entero, e incluso me seguías tú a mi. Era un puñetero amor-odio sin ningún sentimiento negativo. Desde primero de primaria dije que eras mi novio. Y sigo creyendo, a día de hoy, que has sido el amor de mi vida.

Recuerdo la primera imagen que tuve de ti: de culo, metido en un tendejón, en el del dueño que tomó la peor decisión de su vida dejándote marchar. Y yo no te quería: porque eras pinto, y porque venir tú suponía que se fuera Perla. Mi pinto. El mayor orgullo que supuso eso luego: verte en todos y cada uno de los pintos que viera en los prados, compararlos contigo y pensar que ninguno tenía unas manchas tan bien puestas como las tuyas. Que ninguno era tan grande ni tan bonito. Lejos quedaron los caballos blancos que me gustaban de más pequeña, lejos los negros a los que me vició mi padre; lejos los castaños con crin y cola negras. Tú, y tu capa pinta. A muerte con ello.

Desde las historias que te contaba, a saber de qué (a veces cuentos, a veces batallitas reales), a los 4 años… hasta mis primeras lágrimas por disgustos cuando fui más mayor. Todo mi ser, todo mi interior estaba fuera por propia voluntad cuanto te tenía a mi lado. Me sentía más segura montada en ti que caminando. Cada paseo al río era una excursión. Mis padres dejaban a su hija de 10 años SOLA con su caballo “por ahí”. Fuera de vista, por caminos, sabiendo que me metería a indagar, y sabiendo que me traerías de vuelta. No de otra manera se quedarían tan tranquilos.

Abrazarte era estar en casa, y sentir tu abrazo, tu cuello girándose hacia mi en ese momento, era un amor correspondido. Tu olisqueo por mi cuerpo, mi cara, mis manos, buscando comida como un goloso que eras… aún oigo tu respiración cuando lo hacías. Jugueteaba con tu labio, tu barbilla… te besaba sin reparar en cuánto polvo podrías tener encima, como lo poco que reparan otras personas en lo que habrá chupado su perro en la calle cuando le besan también. Paseaba sobre ti aquellas noches en la finca, a pelo, y me tumbaba. Y tú te quedabas quieto, y eso era mejor que cualquier nirvana. Sobre ti vi mi primera estrella fugaz. Sobre ti me sentía libre cuando íbamos al galope abierto. Sobre ti fantaseaba, canturreaba, te hablaba y acariciaba. Sobre ti estuvieron todas las personas ante las que pude presumir de lo increíble que eras. Me ha faltado gente. A medida que crecía, más me imaginaba el recuerdo de una escena que jamás se producirá: yo sosteniendo a mi niña, aún bebé, en brazos ante de ti, mientras ella te mira y extiende su manita y la apoya sobre tu frente. Y tú, ahí quieto, tan bueno como siempre. Y yo, muriendo de amor al dar a conocer a los amores de mi vida, el uno al otro.

Fueron solo cuatro años los que estuve en este mundo sin ti. Mi vida sigue, y la tuya no, y no sé cuánto tiempo más pasaste sin mi. Jamás podré pedirte perdón por la cobardía y la impotencia de no poder retenerte conmigo hasta tu último aliento, porque quería haber estado ahí hasta el final. Jamás me lo perdonaré, y de verdad espero que no lo hayas sentido. Que hayas estado feliz, y bien, pero no me lo puedo creer.

Que me hiciste muy feliz, no hay duda de ello. Solo espero que este sentimiento no sea egoísta, y que tú hayas sentido todo el amor que yo he tenido por ti.
Te quiero, y siempre será así, Randú.