Una no se hace mujer la primera vez que ve una mancha roja en las bragas. Eso es lo que normalmente se le dice para que se sienta fuerte ante un hecho que, en realidad, le hace sentir que el suelo se abre bajo sus pies. Pocas sensaciones se igualan a esa, pero en realidad no es una sensación mala. Una tampoco se hace mujer la primera vez que da un beso con lengua, o que dice "te quiero". No cuando tiene su primer novio, o cuando, con un poco de suerte, en su primera vez le hacen el amor. Esto no deja de ser una sucesión de vivencias y sensaciones nuevas, que le hacen sentir diferente, distinta a nunca antes, pero todo son cosas buenas que incluso aún siendo una niña, puede experimentar, y seguirá siendo niña después de ello.
Lo que por excelencia define a una buena mujer es el coraje, la entereza que debe mostrar en situaciones complicadas en las que, de no ser porque ya es una mujer, saldría corriendo. La humildad que debe sustituir al orgullo en incontables ocasiones, y el orgullo que debe sacar de donde cree que no tiene cuando, en el caso contrario, se está sintiendo humillada. Cuando a una le rompen el corazón y es capaz de volver a sonreir porque lo siente, cuando ha luchado hasta lograr eso, entonces es toda una mujer. Cuando lleva nueve meses a un niño en sus entrañas y tiene que liberarle, cuando hasta el padre huye de la sala de partos, entonces es lo que con orgullo se define por mujer, ya tenga treinta como sólo quince años. La fuerza de voluntad para seguir, para demostrar que puede; que es un portento físico, una genialidad mental.
Son las cicatrices. La señal de que ha sufrido y ahora está ahí delante de ti, más grande que nunca. Unas maduran con el tiempo. Otras, a la fuerza. Porque para lo bueno vale cualquiera. Para lo malo, hay que ser mujer.
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