sábado, 28 de junio de 2014

Fin de una etapa

Hay tantas cosas, tantos cambios… Mientras quitaba las fotos de la pared pensaba en que esto se terminaba. Pero al ir viendo una a una, me di cuenta de cuántos cambios había vivido ya. Mi hermano y yo con Zar en la nieve, y más de dos años hace ya que Zar se fue… y cómo le lloré y soñé que volvía. Parece que el tiempo se pone de acuerdo con mi estado de ánimo, porque acaba de empezar a llover. Fotos de Magisterio, momentos increíbles de hace ya más de tres años. Amistades que se acabaron, otras que se fueron lejos y no he vuelto a ver. Buenos momentos pasados, recuerdos de una relación acabada y el dolor que en su día conllevó… Me quedo con este último recuerdo, ya que no sirvió sino para mejorar mi vida y hacerme mucho más feliz a día de hoy. No todos los cambios habrán sido o serán tan positivos como este, pero quiero pensar que de todos ellos se puede extraer algo bueno.

Hoy he pasado mi última noche aquí. A lo largo del día soy incapaz de no ir pensando todas las últimas cosas que voy haciendo, pero en ocasiones ya ni siquiera sé cómo sentirme, o lo sé pero no quiero volver a sentirlo. No quiero ser masoca. Esto ha sido increíble, y con lo que me quedo no es con que me voy, es con que gracias a haber venido a León, he ganado. Mucho. He ganado en felicidad, en personalidad, he tomado decisiones difíciles, he hecho amistades que por la edad y circunstancias sé que no van a ser pasajeras, y he encontrado de nuevo el amor. Un amor más firme y sensato, pero no por ello menos loco.



Los motivos y circunstancias que en su momento me trajeron a León no coinciden en absoluto con las razones por las que ahora me alegro de haber venido. Por eso, por mucho que pensemos acerca de una decisión, nunca sabremos si el resultado será el esperado, peor, o… mejor.

viernes, 13 de junio de 2014

Afortunada

Hoy vengo a escribir lo afortunada y acojonada que me siento. Afortunada por lo que tengo, y acojonada por el tremendo miedo a perderlo. 

Cuando se produce un cambio en tu vida, es normal que al principio haya altibajos que hagan primero temblar tus cimientos propios y, cuando aceptas, asumes y reconoces en voz alta que estás encoñada y te metes en la relación, empiezan a temblar los cimientos compartidos que aún se estaban empezando a construir. De la voluntad mutua depende si merece la pena arriesgarse a ver qué pasa, o si todo se queda en el intento. Yo soy de las que piensa que, en el póker, si ya he puesto la ciega e ido un par de veces, de perdidos al río. Si ya he tirado dinero, no me voy a ir sin al menos haber intentado recuperarlo con creces. Lo mismo en una relación. O bien no empiezas, y te pasarás la vida sin saber qué habría pasado, pero sin lamentarlo (tal vez) porque aún no habías puesto en juego tus sentimientos, o si ya te has abierto hay que ir a por todas. Porque si me entrego lo hago poniendo toda la carne en el asador, todo lo demás me parece hipocresía y ganas de probar algo a medias tintas, engañando a la otra persona en cuanto a intenciones (no es lo mismo estar a gusto con una persona, que darte cuenta de que empiezas a sentir algo, a ser un poquito más feliz gracias a ella). 

Yendo al grano, una vez que logras cogerte de la mano y juntos superar esa turbia, fea y dolorosa fase de la inestabilidad de los cimientos compartidos, por fin llegas al valle donde está el agua cuya falta te estaba dando tanta sed. Encuentras la estabilidad sin perder aún esa pasión del principio que a toda buena relación caracteriza. Es el paraíso realista, porque nada más empezar todo es locura y pasión, pero muy muy inestable. Esto es pasión con los pies en la tierra y unas cuantas experiencias para saber cómo actuar y así poder seguir en esa línea recta recién trazada. Esto es algo nuevo para mí ya que antes no lo había logrado, y es genial, maravilloso, porque puedes echar un vistazo alrededor sin prisa ni temor, con ciertas garantías de que, al menos a medio plazo, todo saldrá bien. 

Y es ahora cuando voy confirmando lo que conozco de él, porque es el tiempo el que ayuda a dar certeza a todo lo que vas viendo. Y no puedo dejar de pensar que soy muy afortunada por tenerle, y al mismo tiempo me muero de miedo por perderle, y en cierto sentido también de rabia, porque cualquier persona en el mundo que no haya sido, sea o vaya a ser su pareja; su familia, amigos o meros conocidos, sus compañeros de estudios o de trabajo... todos ellos podrían disfrutar de su persona toda su vida si quisieran, pero ser su pareja hace que lo tengas todo o nada. Así de simple, porque no voy a meterme a hablar de la amistad post-ruptura. Yo le amo, no le quiero como amigo. Y quiero amarle toda mi vida, y que él haga lo mismo, porque es una persona alegre, optimista y luchadora, y me ha demostrado estas tres cosas juntas sobre todo últimamente, pasándose más de diez horas al día postrado en una silla estudiando sin descanso, salvo cuando se giraba para hacerme reir y morir de amor al mismo tiempo con sus bromas. ¿Cómo no voy a admirarle? Si ante su presión aún saca tiempo para animarme a mí, yo que sólo tengo que estudiar para mis exámenes, sin prisa por terminar la carrera, frente a él que ha tomado la fuerte decisión de preparar selectividad para segur su sueño de ser fisioterapeuta, y ahora sigue partiéndose la cabeza para sacar los exámenes de la carrera en una semana a contrarreloj. Le admiro y le vuelvo a admirar. Haría todo lo que fuera por él, estaría allí sentada a su lado estudiando su temario y presentándome por él a los exámenes. 

Es un ejemplo a seguir, por su tesón, su saber anteponer su personalidad a lo que digan las masas, y su forma de ser. Él es quien te alegra los días, y yo la que tiene que cuidarse de no hacer lo contrario cuando tengo un día malo. No quiero que salga de mi vida, porque ahora que no hay tambaleos, puedo decir sin lugar a dudas que me la hace más fácil. Me hace feliz y yo sólo espero poder devolverle todo esto porque, por muy modesto que se quiera poner, en el fondo sabe que es un partidazo. Me alegro de tener tanto que perder. 


All in.