Mañana acudiré al psiquiatra. Prefiero seguir diciendo psicólogo, dado el tipo de servicio y/o resultado que espero: poder contar todo lo que me ocurre, y que me puedan ayudar mediante pautas que reajusten mi pensamiento y permitan enfocar cada situación como debo. Ya no me niego a la medicación si es necesario, pero confío 100% en la necesidad del trabajo en primera persona, y no en la pasividad y el ceder toda la solución a los efectos de algo que espero no añadir a mi lista de "pastillas a tomar para toda la vida".
He contado la historia muchas veces, pero quiero contarla aquí, tal y como la estoy sintiendo y viviendo, con la esperanza de poder leer esto cuando me haya recuperado, y realmente vea el progreso y cómo, efectivamente, me estaba ahogando por falta de recursos. Si, por el contrario, la situación era digna de provocarme algo así, tendré la satisfacción de que el problema no tuvo contribución por mi parte. Allá vamos.
Tras dejar Mallorca por verme allí sola, simplemente por trabajo, llegué a Madrid rebotada de Asturias un mes después, con una meta muy clara: ascender a fitness manager, encarrilar mi carrera profesional hacia un puesto que me diera estabilidad económica y laboral a largo plazo, sin alejarme completamente de lo que me apasionaba (dar clase) pero evitando quedarme encajada en el puesto de técnico, que ni es para toda la vida a nivel económico, ni físico.
Llegué sola y con el chip cambiado para asumir que esa soledad era una inversión temporal para mi fin último: conseguir el puesto en un nuevo club abierto en el norte de España. Madrid sería un trámite temporal y una inversión que merecería la pena. Le daba un año hasta ver opciones.
A los 3 meses de estar en Fuenlabrada, se me comunica que doy un pequeño paso a Móstoles para, en 8 meses después, finalmente haber resultado ascendida en el mismo club.
24 de junio de 2018: recibo la noticia, confirmo el piso que acababa de visitar en Móstoles, y cojo esa noche un vuelo a Mallorca para pasar el fin de semana. Sufro una crisis epiléptica del estrés de todo lo acontecido ese día. Pero estoy feliz.
En julio, feliz como estaba, me enamoré. Y me dejé llevar, dado que Madrid ya no iba a ser tan temporal como esperaba.
En septiembre inicio mi puesto de trabajo. Me cuesta entenderme con mi superior directa, proceso de aprendizaje, de algo de caos... en definitiva, de adaptación. Octubre: una técnico comienza a dar problemas, que terminan haciéndonos ir a las dos manager a DECLARAR en investigación interna, sin saber decisiones ni pretensiones con ello. 5 de diciembre: recibo la llamada que me hace saber que mi manager no volverá a trabajar en este club. Se me insinúa anular el aniversario de actividades especiales de la semana siguiente. Lunes 10 de diciembre, esa noche, como suponía pero no se me dijo, la técnico fue despedida (a tomar pol culo). Llega el nuevo manager pero se va dos semanas de vacaciones. Me quedo sola gestionando el centro todas las navidades, paso a desempeñar el puesto de técnico de la despedida, solicito coberturas para otro técnico que había terminado su contrato el día 7, y renuncio voluntariamente a mis vacaciones de Navidad, porque la situación era insostenible. Mi cumpleaños fue el jueves 13.
Por suerte, del 15 al 17 mantuvimos el viaje a Londres que teníamos organizado, y despejé todo lo que pude para afrontar el mes y medio que tuve hasta poder irme una semana a casa a finales de enero. A la vuelta, reunión mensual: entre lágrimas y rabia hice saber a los jefes todo lo que había pasado, me quejé del poco apoyo recibido y nula información para poder anticiparme a preparar todo lo necesario.
El trabajo con el nuevo manager era el opuesto a la anterior, más desordenado, más distendido, menos exigente... más relajado. Me autoadaptaba el horario, descansaba más los viernes... todo era, en balance, mejor. Así lo hice saber en la reunión de febrero: estoy más tranquila.
Desde mediados de febrero, si lo exagero, empecé a tener discusiones más absurdas y frecuentes con mi pareja. No me di cuenta de todo lo que él me había escuchado y la carga que se había llevado, sin ser suya. El día que fui consciente se lo reconocí, le pedí mil disculpas, y traté de evitar tocar el tema lo máximo posible. Ya en enero me pegué una lista de propósitos en el armario, con el primer objetivo: desconectar del gym fuera del gym. De verdad sentí progreso, pero obviamente mi estado anímico habría afectado a mi pobre chico.
Otro de nuestros problemas es la comunicación en momentos de crisis: yo necesito hablarlo aquí y ahora, y él necesita su espacio, silencio y tiempo. Me he adaptado en la medida de lo posible, he llegado a comprenderlo y tratar de gestionar mis emociones en todo ese tiempo, aunque a veces lo e hecho mal bajo su punto de vista, pero también a él le he visto mejorar en la predisposición para hablar las cosas. Aun así, sigue siendo una traba a día de hoy.
Hoy, que tras una semana y media del gran BUM, estoy de baja.
Una semana atrás... tuve una charla con el manager que ya se volvió a ir (la anterior está de vuelta), y hablando de la felicidad y raspando la superficie de mi disconformidad laboral (espere a recuperar estabilidad y normalidad, y sigo sintiendo que no me gusta mi trabajo, que odio ATC y me quedo muchísimo, para ganar sueldo justo...), llegué a preguntarle si alguien de la empresa sabía que yo salía con alguien de dentro, y me dijo que no. Sentí una necesidad muy fuerte de saberlo y vi la oportunidad perfecta. Se lo conté, a él, a mi rubio, y se sintió muy, MUY decepcionado. Nunca la había cagado tanto, lo reconozco y justifico todo su enfado y emociones. Pero eso hizo que saliera realmente todo lo que llevaba acumulado sobre nuestras discusiones, defecto que ha reconocido en varias ocasiones, pero que a su vez hasta diciembre (28, exactamente), decía que era normal que ocurriera y que le compensaba ínfimamente todo lo bueno frente a lo malo, que tampoco es tanto.
Hoy, está quemado. Hoy, nos veo al revés. Pero hoy, llevo días forzándome en esa introspección, en mirar para mi, en hacer autocrítica, y por más que valoro, voy perdiendo ilusión, porque si bien mi estado anímico de estos meses pudo hacer sido malo, al menos subjetivamente yo los fines de semana con él tocaba el cielo, me sentía muy feliz y me compensaba estar aquí. Tras 15 días un poco turbios, el fin de semana pasado fue increíble, flotaba, era magia. Me volvía a sentir yo con él, sin miedos, sin inseguridades, sin sentir que la relación se tambaleaba y con el convencimiento absoluto de que habíamos pasado el bache.
El martes fuimos al cine por la noche, al volver salí indignada por no entender la peli, la cual me explicó de buenas, pero introdujo un obvio que incrementó mi sensación de ser corta y no pillar las cosas, así que recurrí a un ejemplo para hacerle ver cómo me sentía, evitando así decirlo de manera que se ofendiera por acusarle de algo. Pero ha sido una bomba nuclear. Y estamos a punto de caer, sujetos del dedo meñique en esa cuerda floja.
Debo tirar del carro de la ilusión porque él está muy quemado y, pese a eso, no lo ha querido dejar. Quiere por todos los medios que esto salga bien, pero ya no cree en ello. Y yo estoy dejando de creerlo, por cómo le veo a él. Yo tengo ganas y, si él estuviera de buenas, yo no me sentiría rara. Pero es difícil ir con alegría a hablar y animar a alguien cuyo enemigo, indirectamente, eres tú. Cuando tú aportas la parte tóxica a su vida en estos momentos. En cierta manera sí me está pidiendo que le deje para salvarle, pero yo también he probado ese caramelo que ha dicho, y no quiero perderlo. Y si logramos superar estos días y volvernos a ver, yo NECESITO hablar de esto, de su intolerancia actual. Es comprensible, pero hay que hablarlo y proponernos algo en serio. Es lo que tiene la introspección, no? He dejado a un lado por un momento la relación y pensado lo que necesito. Y si no tengo ese compromiso por su parte, sé que no podré ser feliz. Sé que no puedo callarme si necesito decir algo, si ese algo procede de mi capa más profunda. Es molesto modular lo que digo, pero puedo trabajarlo. Lo que no puedo vivir, es con miedo a abrir la boca y que se enfade.
Así que, mañana acudiré al psiquiatra.
Y de sábado a martes, a Asturias.
Siento que, a cada segundo, todos los finales van pasando por la ruleta rusa. También sé, deep inside, que no tenemos solución. Que Madrid no me gusta, y el trabajo tampoco. Que he perdido una batalla. Que hace menos de dos años estaba en Mallorca en la misma situación, con el pro de que el trabajo me encantaba, y me fui. En julio, me comparaba con la de Mallorca, y sonreía por los avances, porque la vida depende de las gafas con las que la mires. Y, pese a que mi propia experiencia me de, al menos, la lección de que todo pasa y son etapas, creo que solo por el hecho de ser humana y estar viva, no puedo evitar sufrir como una cabrona en estos momentos.