Hay muchos tipos de cuarentena. Definitivamente, la del silencio es la peor. No poder comunicarte, ya sea hablando, mostrando, tocando, dejando aflorar las emociones... No poder transmitir lo que sientes a quien más quisieras hacerlo, es meter a tu alma entre rejas. Me siento prisionera dondequiera que vaya mi cuerpo, sea lo que sea que esté haciendo. Mi mente grita y agita los barrotes, se desgarra las cuerdas vocales intentando que la escuches, pero no entiende que no debemos hablar, que no podemos ir de la mano, que la distancia entre ambos caminos se fue ensanchando hasta que no pudimos agarrarnos más, y que nos soltamos antes de caernos al vacío.
Así que escribo. Escribo como si fueras a leerme y me desespero cada vez que releo mis propias líneas, al pensar que por más que lo haga eso no cambiará el hecho de que para ti todo esto seguirá siendo un folio en blanco. Como si no tuviera nada que decirte, como si no te pensara... Quiero que sepas que no es así, bastarían nuestras miradas cruzándose para saber que por fin sabes cómo me siento, y yo saber cómo estás tú. Es un tremendo abrazo, de los que me ahogan contra tu pecho, lo que necesito darte. Mi apoyo por el tuyo, nuestra comprensión y nuestra fuerza. Porque la que no tengo para mi, la saco de donde sea para ti.
Cada vez que me topo con la luna es como si de pronto te tuviera frente a mi. Mi corazón da un vuelco, y no puedo dejar de observarla y de pensarte. De imaginarte mirándola tratando de sonreírle, tal y como te pedí que hicieras cuando fuera creciente, como estos días...
Cuanto más escribo, menos espacio le queda a mi mente en su celda. Más me aprieta todo, más son las cosas que debería haberte dicho y que se quedan aquí, colgando, condenadas a ser leídas solo por mi, como un castigo: como si tuviera que acumular mis sentimientos y no pudiera dejarlos ir, pero tampoco quisiera hacerlo...
No hay comentarios:
Publicar un comentario