A veces, me pregunto por qué la vida es tan puñetera e injusta. Si lo miro desde el punto de vista positivo, puedo conformarme con la expresión "no hay mal que por bien no venga", o con que todo lo bueno requiere un esfuerzo. Vamos, que nada es perfecto. Ni las personas, ni las situaciones.
Cuanto peor lo estás pasando, más eterno se hace el tiempo, que es precisamente cuando más rápido te gustaría que pasara. Y, sin embargo, cuando estás disfrutando de una etapa increíble de tu vida, esta se pasa volando ante tus ojos. La ves pasar día a día, ves cómo se te escapa de las manos sin remedio, y cuanto más te quieres aferrar a ella, más huye de ti.
Da pena. Parece que la vida te obligue, pese a todo, a ser pesimista. Porque parece, por la impresión subjetiva del paso del tiempo, que los buenos momentos son intensos pero cortos, y los malos más abundantes y duraderos. Entre cada lapso de malos momentos, te encuentras con uno bueno que debes aprovechar. Y a mí se me está acabando otra de esas etapas increíbles. Es como un deja vù de la época de magisterio. Preveo que todo va a suceder igual. Empiezo a tener el complejo de Peter Pan. Trato de aferrarme al carpe diem, pero a su vez el querer disfrutar tanto del momento hace que me angustie más por el futuro. No por lo que pasará, y que esto me prive de hacer ahora lo que quiera, sino que me gustaría seguir en el presente, en este presente, toda mi vida.
Me reitero en el comentario hecho tiempo atrás, acerca de que no dejamos de crecer. Y sí, da pena. Pena en cierto modo positiva, porque no deja de ser un sentimiento de extrañeza, de echar de menos, que ya llevo sintiendo desde hace un tiempo ante la inminencia de lo que va a ocurrir en ya menos de diez días. Cuando algo está bien, no quieres que cambie. Es igual que la angustia de pensar que sólo me queda un año en la vida universitaria, teniendo en cuenta que los 5 que he vivido han pasado volando. Y es así porque no dejará de ser un bonito recuerdo, pero me gustaría que no tuviera que serlo y siguiera formando parte del presente.
No suelen gustarme los cambios. Cuando algo se termina porque está mal, duele. Pero cuando tiene que terminarse estando bien, jode. Bastante.
De todas formas, no puedo dejar de estar agradecida. He aprendido a valorar las cosas por lo que son, a dejarme de tonterías, y a disfrutar del día a día. A ser ambiciosa conmigo misma y querer vivir y aprovechar al máximo cualquier detalle, por tonto que sea. He resurgido con más fuerza que nunca, con ganas de comerme el mundo. Incluso he dejado de lado el planing y en cierto modo relajado mi forma de estudiar. Este ha sido realmente el impulso que he recibido para ser como soy ahora. Mi pasaporte a la felicidad. Así que, pese a que ya sabía desde el día 1 lo que iba a pasar, ¿cómo no echarlo de menos?
Nada es para siempre, y eso es precisamente es lo que hace más intensas e increíbles las cosas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario