Te quejas, pero ahora estás ahí tirada en la cama de una habitación que te resulta tan familiar como extraña a la vez, preguntándote, como otras tantas veces, qué coño estás haciendo con tu vida para estar a tus casi 28 años (ese casi que llevas arrastrando todos tus 27, para no estar preparada para avanzar...) volviendo a casa de tus padres de cuando en cuando para ir a las fiestas, como si tuvieras 18 años. Que a tu edad la gente se casa, tiene su vida, su familia, y en todo caso va de visita puntual, pero no a comer del plato de mamá y a no hacer nada el resto del día. Que te acabas de ganar un ascenso y es eso y tu independencia lo único que te encaja en las fechas que tenían planeadas desde que eras, yo qué sé, supongo que adolescente. Cuando jugabas a los cebollones en el instituto y soñabas con ser madre antes de lo que lo fue la tuya contigo.
Ya sabes de sobra que no todo sale según lo previsto, y aunque te esté costando lo estás asumiendo. Pero pese a que no dejas de intentar convencerte de que debes disfrutar lo que tienes, que sea lo que sea, es tu presente, no dejas de intentar reconducir tu camino para que siga llevándote al mismo destino que lleva trazado en tu cabeza más de diez años, como el puto gps del móvil cada vez que se te pierde y empieza a recalcular. "Con lo que mola perderse de vez en cuando", como diría, aparte de medio internet, una de tus yoes de esas que tanto lamentas dejar ir. Para una cosa que tendrías que mantener contigo, la sueltas. Anda que...
Si te apetece leer el puto libro, lo lees. Si te vas de la fiesta y quieres volver, bueno... Creo que ya sabes que puedes, tú te lo has demostrado antes. Y si lo que tienes es miedo de arrepentirte al día siguiente de haberte ido y no haber aprovechado ese momento que se va y no vuelve, te recuerdo que tú misma escribiste también que debes centrarte en lo que eliges y no en lo que dejas pasar. Si te vas, disfruta de llegar y tirarte en la cama, y disfruta ahora del libro. Y si después de todo consideras que has hecho mal, toma ensayo-error y feedback. Pero apechuga, que ya tienes una edad.
Soy dura, pero ya lo sabías. Soy tú.
sábado, 25 de agosto de 2018
Conflicto
Estoy cambiando.
Hasta antes de ser consciente de esto, seguramente habría dicho que es mejor darse cuenta del cambio mientras se produce: ver, valorar y ser participe de esa evolución que se está produciendo nada más y nada menos que en nuestra propia vida, en nuestra personalidad, en nuestro yo.
Sin embargo, siempre dicen, no sin razón, que los cambios asustan. También que son inevitables, y siempre buenos. Es como mudar la piel: necesarios, al fin y al cabo. Pero asusta ver cómo algo está sucediendo y, al estar en proceso, creer equivocamente que podemos hacer algo, intervenir y decidir porque, joder, el cambio es en mí y para mí, ¿cómo no voy a poder decidir y estar de acuerdo con el rumbo que le ponga a mi vida, con los nuevos criterios que definan mis puntos de vista, mis gustos, mis aficiones y ambiciones...? Pues resulta que no. Y es bastante duro asistir a tu evolución en directo y, como si de un fantasma te trataras, no poder tocar nada, ni una pincelada. Es difícil cuando empiezas a vislumbrar el resultado y no es el que esperabas o, al menos, uno para el que no estabas preparado todavía, porque tu cabeza sigue yendo por detrás de la edad que tienes.
Me está resultando verdaderamente difícil asumir mi edad (hablo como si tuviera 50), ya no tanto por la edad en sí misma, sino por lo que se supone que debo hacer. Ahora me aburren mis fiestas, me canso de estar entre gente donde antes saltaba, cantaba y GOZABA. Y, mentalmente, sigo queriendo hacer eso, pero no me sale. Y no es cansancio físico, es la evolución. Es que otra parte de mi cabeza ya no tiene ganas, vete tú a saber por qué. Que prefiero volver antes a casa y levantarme hoy y leer un libro tirada en la cama. Busco la calma y no la locura. Y mientras en mi mente siga habiendo conflicto y no se pongan de acuerdo, yo seguiré siendo mera espectadora del debate sobre mis futuros deseos y ambiciones. De quién seré, sin poder intervenir tan siquiera a opinar, aunque no pudiera votar. Con lo primero me conformaba, en serio.
Es duro.
Pensé que ya sabía de qué iba madurar, y que eso era todo. Que lo peor ya había pasado. Pero veo que me voy a pasar la vida cambiando, y nadie nos prepara para esto. Cada vez que me acostumbro a mi, que me asumo, me acepto y comienzo a quererme, a apoyarme en mis propias decisiones, a disfrutar conmigo de mi... mudo la piel. Y me siento como un camaleón, cambiante solo para defender mi causa aunque no esté de acuerdo con ella, porque no me queda otra.
Así que, ahora mismo, Emma que estás por venir, me caes mal. Me estás obligando a apoyar decisiones y actos que no me convencen, que la yo que está desvaneciéndose pero se resiste a irse del todo, no haría. Así que más te vale demostrar que mereces la pena, porque llegas un poquito pronto. No le haría ascos a los siete minutos tarde que suelo tardar. O solía. ¿Acaso ahora vamos a ser tan puntuales?
Es duro...
Hasta antes de ser consciente de esto, seguramente habría dicho que es mejor darse cuenta del cambio mientras se produce: ver, valorar y ser participe de esa evolución que se está produciendo nada más y nada menos que en nuestra propia vida, en nuestra personalidad, en nuestro yo.
Sin embargo, siempre dicen, no sin razón, que los cambios asustan. También que son inevitables, y siempre buenos. Es como mudar la piel: necesarios, al fin y al cabo. Pero asusta ver cómo algo está sucediendo y, al estar en proceso, creer equivocamente que podemos hacer algo, intervenir y decidir porque, joder, el cambio es en mí y para mí, ¿cómo no voy a poder decidir y estar de acuerdo con el rumbo que le ponga a mi vida, con los nuevos criterios que definan mis puntos de vista, mis gustos, mis aficiones y ambiciones...? Pues resulta que no. Y es bastante duro asistir a tu evolución en directo y, como si de un fantasma te trataras, no poder tocar nada, ni una pincelada. Es difícil cuando empiezas a vislumbrar el resultado y no es el que esperabas o, al menos, uno para el que no estabas preparado todavía, porque tu cabeza sigue yendo por detrás de la edad que tienes.
Me está resultando verdaderamente difícil asumir mi edad (hablo como si tuviera 50), ya no tanto por la edad en sí misma, sino por lo que se supone que debo hacer. Ahora me aburren mis fiestas, me canso de estar entre gente donde antes saltaba, cantaba y GOZABA. Y, mentalmente, sigo queriendo hacer eso, pero no me sale. Y no es cansancio físico, es la evolución. Es que otra parte de mi cabeza ya no tiene ganas, vete tú a saber por qué. Que prefiero volver antes a casa y levantarme hoy y leer un libro tirada en la cama. Busco la calma y no la locura. Y mientras en mi mente siga habiendo conflicto y no se pongan de acuerdo, yo seguiré siendo mera espectadora del debate sobre mis futuros deseos y ambiciones. De quién seré, sin poder intervenir tan siquiera a opinar, aunque no pudiera votar. Con lo primero me conformaba, en serio.
Es duro.
Pensé que ya sabía de qué iba madurar, y que eso era todo. Que lo peor ya había pasado. Pero veo que me voy a pasar la vida cambiando, y nadie nos prepara para esto. Cada vez que me acostumbro a mi, que me asumo, me acepto y comienzo a quererme, a apoyarme en mis propias decisiones, a disfrutar conmigo de mi... mudo la piel. Y me siento como un camaleón, cambiante solo para defender mi causa aunque no esté de acuerdo con ella, porque no me queda otra.
Así que, ahora mismo, Emma que estás por venir, me caes mal. Me estás obligando a apoyar decisiones y actos que no me convencen, que la yo que está desvaneciéndose pero se resiste a irse del todo, no haría. Así que más te vale demostrar que mereces la pena, porque llegas un poquito pronto. No le haría ascos a los siete minutos tarde que suelo tardar. O solía. ¿Acaso ahora vamos a ser tan puntuales?
Es duro...
lunes, 13 de agosto de 2018
Plenitud
No se puede tener todo, y cuando se acepta eso y se abandona la idea, desaparece el deseo que nos hacia infelices por ambicionar más de lo necesario. De lo necesario, porque no está en tenerlo todo la clave de la felicidad, sino en sentirse pleno.
Y aquí viene la referencia que acaba de alumbrarme la noche, más que la luz que me impide disfrutar de las estrellas como quisiera, más de lo que he escrutado el cielo para encontrar a las que ya considero viejas amigas, por llevar ahí cada noche de mi vida que me ha apetecido o he sentido la necesidad de contemplarlas: cuanto menos contenido haya, mayor plenitud sentimos, pero lo difícil es, por contra, lograr eliminar todo lo innecesario, decidir qué lo es, y ser capaz, así como desear, dejarlo ir. Y así se alcanza ese punto tan frágil como el cristal que no se rompe, como el agua del mar en calma, como la hoja del árbol que no se agita ni con la brisa más suave al amanecer. A simple vista parece muy sencillo no moverse, no perturbar lo aparentemente inamovible.
Por otro lado, cualquier pequeña corriente de aire, invisible a los ojos que parecen ofrecernos tanto, cuando en realidad son una quinta parte de nuestra percepción de la realidad, puede empujar esa ventana, generar una ola, o hacer bailar a esa hoja a su compás.
Esa brisa es nuestra mente inquieta. Y no es forzando el no pensar cuando dejamos de hacerlo, sino que al cesar en el intento el pensamiento se calma y muere la tempestad. Y la ventana queda abierta, el mar deja a la vista un horizonte oteable, y así, en ese instante, sentimos que aunque la hoja del árbol cayera y la brisa se agitara, aquélla volaría lejos gracias a esta, sin límites. Y desde nuestra quietud observamos y, sin ya necesidad alguna de movernos, nos sentimos libres.
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