sábado, 25 de agosto de 2018

Conflicto

Estoy cambiando.

Hasta antes de ser consciente de esto, seguramente habría dicho que es mejor darse cuenta del cambio mientras se produce: ver, valorar y ser participe de esa evolución que se está produciendo nada más y nada menos que en nuestra propia vida, en nuestra personalidad, en nuestro yo.

Sin embargo, siempre dicen, no sin razón, que los cambios asustan. También que son inevitables, y siempre buenos. Es como mudar la piel: necesarios, al fin y al cabo. Pero asusta ver cómo algo está sucediendo y, al estar en proceso, creer equivocamente que podemos hacer algo, intervenir y decidir porque, joder, el cambio es en mí y para mí, ¿cómo no voy a poder decidir y estar de acuerdo con el rumbo que le ponga a mi vida, con los nuevos criterios que definan mis puntos de vista, mis gustos, mis aficiones y ambiciones...? Pues resulta que no. Y es bastante duro asistir a tu evolución en directo y, como si de un fantasma te trataras, no poder tocar nada, ni una pincelada. Es difícil cuando empiezas a vislumbrar el resultado y no es el que esperabas o, al menos, uno para el que no estabas preparado todavía, porque tu cabeza sigue yendo por detrás de la edad que tienes.

Me está resultando verdaderamente difícil asumir mi edad (hablo como si tuviera 50), ya no tanto por la edad en sí misma, sino por lo que se supone que debo hacer. Ahora me aburren mis fiestas, me canso de estar entre gente donde antes saltaba, cantaba y GOZABA. Y, mentalmente, sigo queriendo hacer eso, pero no me sale. Y no es cansancio físico, es la evolución. Es que otra parte de mi cabeza ya no tiene ganas, vete tú a saber por qué. Que prefiero volver antes a casa y levantarme hoy y leer un libro tirada en la cama. Busco la calma y no la locura. Y mientras en mi mente siga habiendo conflicto y no se pongan de acuerdo, yo seguiré siendo mera espectadora del debate sobre mis futuros deseos y ambiciones. De quién seré, sin poder intervenir tan siquiera a opinar, aunque no pudiera votar. Con lo primero me conformaba, en serio.

Es duro.

Pensé que ya sabía de qué iba madurar, y que eso era todo. Que lo peor ya había pasado. Pero veo que me voy a pasar la vida cambiando, y nadie nos prepara para esto. Cada vez que me acostumbro a mi, que me asumo, me acepto y comienzo a quererme, a apoyarme en mis propias decisiones, a disfrutar conmigo de mi... mudo la piel. Y me siento como un camaleón, cambiante solo para defender mi causa aunque no esté de acuerdo con ella, porque no me queda otra.

Así que, ahora mismo, Emma que estás por venir, me caes mal. Me estás obligando a apoyar decisiones y actos que no me convencen, que la yo que está desvaneciéndose pero se resiste a irse del todo, no haría. Así que más te vale demostrar que mereces la pena, porque llegas un poquito pronto. No le haría ascos a los siete minutos tarde que suelo tardar. O solía. ¿Acaso ahora vamos a ser tan puntuales?

Es duro...

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