No se puede tener todo, y cuando se acepta eso y se abandona la idea, desaparece el deseo que nos hacia infelices por ambicionar más de lo necesario. De lo necesario, porque no está en tenerlo todo la clave de la felicidad, sino en sentirse pleno.
Y aquí viene la referencia que acaba de alumbrarme la noche, más que la luz que me impide disfrutar de las estrellas como quisiera, más de lo que he escrutado el cielo para encontrar a las que ya considero viejas amigas, por llevar ahí cada noche de mi vida que me ha apetecido o he sentido la necesidad de contemplarlas: cuanto menos contenido haya, mayor plenitud sentimos, pero lo difícil es, por contra, lograr eliminar todo lo innecesario, decidir qué lo es, y ser capaz, así como desear, dejarlo ir. Y así se alcanza ese punto tan frágil como el cristal que no se rompe, como el agua del mar en calma, como la hoja del árbol que no se agita ni con la brisa más suave al amanecer. A simple vista parece muy sencillo no moverse, no perturbar lo aparentemente inamovible.
Por otro lado, cualquier pequeña corriente de aire, invisible a los ojos que parecen ofrecernos tanto, cuando en realidad son una quinta parte de nuestra percepción de la realidad, puede empujar esa ventana, generar una ola, o hacer bailar a esa hoja a su compás.
Esa brisa es nuestra mente inquieta. Y no es forzando el no pensar cuando dejamos de hacerlo, sino que al cesar en el intento el pensamiento se calma y muere la tempestad. Y la ventana queda abierta, el mar deja a la vista un horizonte oteable, y así, en ese instante, sentimos que aunque la hoja del árbol cayera y la brisa se agitara, aquélla volaría lejos gracias a esta, sin límites. Y desde nuestra quietud observamos y, sin ya necesidad alguna de movernos, nos sentimos libres.
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