lunes, 1 de abril de 2013

Tonta

Cuando te sientes inspirado a escribir, tienes que hacerlo. Sientes esa imperiosa necesidad de contar lo que tienes dentro, aunque cuando te pones delante del ordenador, no te salen las palabras adecuadas. Pero hay tanto que decir... Son esos momentos, esos en los que te das cuenta del momento que estás viviendo, te vuelves consciente y lo disfrutas muchísimo más, porque no sólo lo estás disfrutando, sino que eres consciente de que lo estás disfrutando; eres afortunado por poder darte cuenta de que estás viviendo eso en ese momento. No sé si me explico. Normalmente, cuando nos ponemos melancólicos recordamos las cosas buenas del pasado, más o menos cercano o lejano, y reparamos en pequeños detalles que, pese a no percibirlos en su momento, nos damos cuenta de que eran los que convertían alguna situación cotidiana en especial, y por ello las recordamos con mayor aprecio. Entonces, darte cuenta en el propio presente de algo así, y poder saborearlo el doble, es... sin duda, excepcional, maravilloso, impagable. 

Sé de sobra de unas cuantas cosas que en un par de años solamente ya echaré de menos, como preocuparme de cotillear o rajar de tonterías con gente que lo disfruta tanto como yo; rajar, qué gran palabra. O corregir el verbo condicional a todas horas, o discutir sobre si se dice hice o he hecho. Levantarme una mañana y buscar aturdida la ropa entre el barullo que hay montado en el suelo de una habitación diferente, sin entender nunca por qué quedó todo tan desperdigado. Meternos cinco en un fotomatón, y que se nos oiga en la otra punta del centro comercial. El pincho del mediodía, o de las diez, o de la hora de comer, qué importarán las horas! Es genial poder olvidarse del reloj, de seguir un patrón, y poder hacer las cosas a deshora sin más. Privarse de picar entre horas y disfrutar de escabullirse de uno mismo para hacerlo de vez en cuando, como si por hacerlo así no contara. El día en que dejó de importante que pasaran días con la cama sin hacer, y disfrutar viendo tres pocilgas, y que todas estén igual. Alegrarme de pertenecer a un colectivo selecto, de compartir criterios, o la ausencia de ciertos criterios.  Compartir piso y todas las chorradas sin sentido que, sin embargo, dan sentido y esencia a mi vida. 

Porque la felicidad no está en tomarse un café, sino en lo que hay entre medias. No está en lo que se dice, sino en cómo se dice. No está en los horarios, sino en cada ruptura de ese horario. No está en un aprobado de fisiología, está en el sufrimiento conjunto, en las horas de agonía compartidas, en los pequeños pero increíbles momentos de descanso. Qué coño, la felicidad está en las tonterías. Habría que ser muy tonto para no querer serlo. La vida no es locura, la vida es hacer el subnormal siempre que se pueda, rompiendo la rutina, lo lógico, lo normal. Las regularidades y desgracias vienen por defecto, de nosotros depende modificar esa rutina y darle un toque personal. 


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