Es en ocasiones como esta por las que me reafirmo y me dan ganas de gritar HECHOS, NO PALABRAS! Porque tanto para demostrar a los demás como para que te demuestren a ti misma, ni todas las palabras del mundo serán capaces de hacerte no creer, sino saber algo con total certeza.
Cuando creía (tonta de mi) haber conocido todas las maravillas y pasteladas del amor, me encuentro con algo para lo que por más que piense no tengo palabras, y ya solo de intentar explicarlo se me van a saltar las lágrimas. No es algo tonto o de quinceañera como me decía mi madre a veces; creo que esto es algo serio, algo fuerte, y algo que ni siquiera sabía que no llegaría a sentir porque no me imaginaba que existiera tal sensación, al menos en mis circunstancias. Y voy al grano.
Llevábamos dos semanas contando los días para volver a vernos. Lo que al principio se tornaba muy largo, luego parecía asequible y llevadero, y de hecho llevadero fue, nunca me afectó en negativo ni mucho menos, pero por más que lo pensaba me costaba verme por fin ansiosa en el autobús a punto de llegar a la estación. Desde que pude decir "Pasado mañana", no hice más que plantearme la situación de encuentro de mil maneras diferentes, desde dónde sería exactamente, hasta el punto de pensar qué pasaría con las maletas al soltarlas para abalanzarme sobre él. La noche antes, me sentí como cuando era pequeña y al día siguiente había excursión, o la noche de Reyes cuando te entraban esos nervios tontos que no te dejaban dormir. Y es que dormí fatal y desperté mil veces.
Una hora antes de salir en Decathlon, la hora de subir al bus, la hora real en que el bus arranca, la hora y pico que tardamos en salir de Asturias, la hora eterna cruzando Castilla de noche... Y los mil cálculos sobre quién llegaría antes, y mi culo que ya no sabía cómo colocarse en el asiento.
Y por fin entramos en León. Preparo todo para bajarme cuanto antes del autobús, cojo las maletas y echo a andar, entre la certeza y la duda de si realmente él se retrasaría o ya estaría esperándome. Me hago de rogar unos segundos al parar a colocar a Estelo en el bolso, y cruzo la última las puertas de la estación. Miro hacia donde se supone que debería esperarme, miro y me dirijo hacia donde decido sentarme a esperar, cuando recuerdo que es un mal mentiroso así que miro al lugar donde nos encontraríamos. Ahí está, me saluda con la mano y con su cara de "¿no es obvio que estoy aquí?". Mi primera reacción de milisegundos es como si nada, echo a andar, le miro, me pongo nerviosa y miro al suelo, sonrío como una idiota, intento correr, levanto la vista y llego a él. Guapísimo y más alto de lo que recordaba. Suelto las maletas no sé ni como y me estampo contra él y nos fundimos en un beso y otro y un abrazo y otro beso más. Y yo que le decía que ni siquiera recordaba la sensación de besarle... Ese beso es será impagable. Y recuerdo las maletas pero vuelvo a ignorarlas. Le miro, le toco la cara porque no me lo creo. Estaba nerviosísima. Parecía como si fuera la primera vez que le tenía delante, y haber pasado esa distancia de rigor e invadido nuestros espacios personales sin tan siquiera pensarlo se me hacía incluso raro. Y le vuelvo a besar y a abrazar. Echamos a andar hacia la puerta y es que no puedo dejar de mirarle tan maravillada que hasta yo sentía que me salía luz de los ojos al hacerlo. Estaba tan guapo... Y por fin delante de mi. Y le podía tocar y... Nunca había sentido algo así. Jamás. Y es realmente una puta pasada descubrir sensaciones nuevas tan fuertes y maravillosas. No me esperaba reaccionar así, y con lo rara que soy últimamente, cuando por fin había llegado el día no me creía capaz de recibirle al 100%, es como si tuviera menos ganas que otros días pasados. Así que aquella reacción fue el doble de sorprendente e increíble para mí. No tengo palabras porque pese a todo este discurso NUNCA PODRÉ PLASMAR UN HECHO CON PALABRAS.
Y por fin, por la noche, estando apunto de dormir, sentí su abrazo y lo disfruté como nunca, después de tanto tratar de recordarlo estas dos semanas.
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