Mi parte de culpa fue pensar que eras ese que llegaría para quedarse.
Había logrado ser feliz sola y estaba en un momento de éxtasis, quizás no había pasado suficiente tiempo para alcanzar una estabilidad sola, y poder saber que realmente era feliz conmigo misma, haciendo frente a adversidades y no sólo disfrutando de los buenos momentos por los que estaba pasando. No estaba preparada para tener pareja, y lo repetí hasta la saciedad. En lo que me equivoqué fue en el porqué: yo creía que era porque no estaba preparada para dar amor, que en ese sentido seguía reprimida. No me veía capaz de confiar en alguien de nuevo, abrirme y entregarle mi corazón porque temía que me lo volvieran a romper. Esa parte era cierta, pero se me escapaba una más profunda, abstracta e importante: al vivir con ese miedo a que me volvieran a hacer daño, sólo me quedaba una segunda oportunidad para creer, y esa por fuerza mayor tenía que salir bien. Al no estar preparada, podían haber ocurrido dos cosas: que no me llegara a enamorar, o lo que ocurrió: que cuando me enamoré me lancé contra él, de brazos abiertos y a ojos cerrados. Lo que me pasó al romperme el corazón la primera vez, fue que no me creí capaz de volver a amar, y lo que me pasó esta vez al ver que sí era capaz, fue que necesitaba que este fuera el correcto. Si bien no creía que podría volver a enamorarme, sabía que no podría soportar una ruptura más. Esta vez tenía que ser el definitivo. Auné todas mis esperanzas e ilusiones, y sólo tenía cantidad para un intento más. Claro que, a nuestra edad y aún con tantos planes que elaborar por delante, hablar de definitivo puede ser muy pronto. Ése fue el verdadero problema: demasiado pronto.
Cuando después de que salga mal una vez, aparezca alguien que te hace creer de nuevo en el amor, se convierte en tu salvador. Pero cuando también tu salvador desaparece... entonces en esa ocasión sí que estás perdida, porque no te queda nada nuevo que vivir. Qué? Otro salvador? Ya he pasado por ello, gracias. He gastado antes de tiempo ese cartucho, esa oportunidad extra, y hoy por hoy, no me queda nada a lo que aspirar.
Esas frases de "tú vales mucho", "mírate al espejo y di aquí estoy yo", "sal a la calle e inspira hondo", qué se yo... son palabrerías que ya me suenan demasiado comunes y que no me hacen efecto, digamos. Me hacen pensar: "sí, claro, ya sé lo que pretendes y conmigo no va a funcionar". No me sirve la autoayuda, no me sirve ver aparecer a alguien maravilloso que me hable y me haga sentir que me comprende, que me acepta como soy aunque le diga que tengo muy mala ostia y que puede ser un problema... No me sirve nada porque por todo ello ya he pasado. Y ojalá, de verdad que ojalá que cuando lea esto dentro de pocos meses me de cuenta de que nuevamente estaba equivocada y había solución, pero creo que estoy siendo bastante racional en esta ocasión para saber que no es así, al menos a corto plazo. Que no es como cuando decía "oh dios mío el mundo se acaba, no veo futuro, no sé cómo amanecerá mañana si no está él", aun sabiendo que todo pasaría, aunque no tuviera ni idea del cómo. Esta vez sé lo que hacer y lo hago y aun así no me sirve, aprecio el arco iris, el olor de una flor, una conversación con mi abuela en la terraza, una partida de cartas con mi tío, la alegría del perro al verme, el amanecer como esperanza de una nueva oportunidad... Que no. Que no me funciona. Algún día llegaré a estar bien, ya lo sé, pero no tengo la esperanza de que esta vez sea a corto plazo, y sí creo sinceramente que me va a faltar ilusión por un tubo y por bastante tiempo. La lección que me queda aunque no quiera, es que no quise confiar, y confié y me arriesgué, y salió mal. Todas las futuras ocasiones comenzarán por confiar, y si ya por una vez me negaba, después de esto no invade mi espacio personal NI DIOS.
Y esto lo escribo en un momento de lucidez, porque ya empiezo a sentirme hundida otra vez. Cada día que mi subconsciente también se acuerda de él, me mata para todo el día... Irlanda es un clavo cada vez más ardiendo, porque empiezo a pensar que no me ayudará tanto como creía, y ojalá me equivoque.