sábado, 3 de noviembre de 2018

Siete días y dos horas

Todo el mundo debería poder sentir, al menos una vez en su vida, lo que yo sentí el día que rompí a llorar cuando me di cuenta de que, en realidad, estábamos haciendo el amor. Tanto y como yo lo sentí. Llorar porque, literalmente, no te cabe tanta emoción en el cuerpo. Porque me di cuenta de que estaba más enamorada de lo que ya podía controlar. Puede sonar muy poético pero, en realidad, la realidad es, a veces, maravillosamente mejor que la poesía. 

Recuerdo esos días de transición. De comernos a besos y de repente mirarnos y preguntarnos cómo coño, en dos semanas, todo había cambiado tanto: del rubio "flipao" y filósofo a la par, con el que tomar unas cerves en un parque de mierda, a la persona que me esperaba apoyada en el coche mirándome con esa pose de brazos cruzados y la cabeza ladeada, haciéndome temblar del alma para afuera y al revés al reencontrarnos siendo otros. Ya no éramos aquellos que se comieron los morros como la boca del metro se los comió a los dos al despedirse después de algo que no parecía haber sido mucho más que un par de polvos. Habíamos desaparecido con ese tren que, sin darnos cuenta, tomamos.

Siete días de ausencia y una llamada de dos horas fueron la mecha que ya no era mecha y la cerilla que empezaba a quemar los dedos que la sostenían, ya casi inexistente de arder sin compasión. Y ese beso del reencuentro ya no sabía como el que iba a haber sido el último de todos. No era un adiós. Ese beso supo a buenos días, a quédate, a no pienso soltarte. ¿Me preguntas por la pasión? Eso fue pasión, y para nada ligada al sexo, sino a la intensidad de las emociones.

Y, como lei ayer, todo cambia una vez más cuando, después de llorar de felicidad, de abrazarle y besarle hasta dormirte y amanecer feliz entre sus brazos, te hace daño. Ahí es cuando te das cuenta de que le quieres de verdad.

Y no se acaba todo. Aquí, en este momento, es cuando la razón tiene el bastón de mando. Y se pueden hacer dos cosas: dejar que el error nos separe, o que nos haga más fuertes, juntos. Porque como he leído hace poco al gran Sabina, ya que arrepentirse de los errores no sirve de mucho, podemos aprender de ellos.




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