Siempre preferí echar de menos que de más, porque lo primero
supone una base positiva, un punto de partida y un lugar al que volver. Lo segundo
evoca rechazo, exceso, saturación; la necesidad de espacio está bien, y siempre
debe ser respetada, pero por decisión propia y no debido a sentirnos empujados
a ello por equilibrar el exceso de la compañía que comienza a ser non grata. Eso jamás.
Pero echarte de menos es una mierda. Es abusivo. Comienzo
cada semana melancólica y algo triste porque vuelven a queda otros 5 días para
verte, saborearte, sentirte, o tan solo mirarte. Hasta mirarte es un regalo,
desde que no puedo hacerlo siempre que quiero. Y lo quiero demasiado a menudo. Aunque
nunca es demasiado, tratándose de ti.
Y que nunca lo sea.
Echarte de menos es un punto más de la semana, y me pesa
tanto la despedida cada domingo, que empiezo a desear echarte de más porque, de
pronto, a esto también le veo la parte positiva: echarte de más también
significa que he tenido tanto y cuanto he querido de ti, significa que nos quiten lo bailao cuando nos
sentamos ya agotados, en lugar de irnos a casa tras la primera canción con el morrico caliente, con ganas de más. Esas
ganas de más son maravillosas para recibirte el sábado, pero terribles para
despedirte el domingo.
Cada vez creo más vivir una relación a distancia contigo. Y de
las frustrantes. Porque vivimos en la misma ciudad, y suena más absurdo cuanto
más lo digo. Sin embargo, debo decir que no me quejo de esa distancia, siempre
que la sienta por los kilómetros o quehaceres diarios que nos separen, y no por
el silencio que iza muros entre nosotros cuando estamos en la misma cama. Esa distancia
no la quiero. En tal caso, que sea esa que agotamos los fines de semana. Que sea
lo que tenemos: tres golpes en la puerta, y comerte a besos cada sábado.

No hay comentarios:
Publicar un comentario