Una amiga no es la que sale contigo de fiesta. La que te
deja copiar de su examen en la universidad, o la que se pasa contigo las tardes
tomando cafés. No es necesariamente aquella a la que ves todos los días ni con
la que te pasas el día cotilleando. Una amiga es la que, cuando lo necesitas, y
pese a llevar un año sin veros ni hablar demasiado a menudo, te da su apoyo y
consejos, tal es el caso de este:
“Decidas lo que decidas, no pienses en lo que rechazaste,
sino en lo que aceptaste”.
Y detrás de una frase tan simple, se esconde básicamente
todo un futuro: todo lo que venga detrás de una decisión y, lo más importante
de todo, el cómo afrontarlo. Porque no es lo que tenemos lo que necesariamente
nos hace felices, sino la interpretación que nosotros hagamos de ello. Tomar una
decisión, y desde ese momento no poder dejar de pensar en aquello que hemos
dejado pasar, en los “y si…” y en que tal vez hayamos elegido mal no nos ayudará en absoluto. Sin embargo, podemos vivir con esa misma decisión tomada, pero disfrutando de lo que hemos escogido,
sin mirar atrás. Porque nunca sabremos cómo habría sido de escoger a la
inversa, pero tampoco sabremos si ha merecido la pena si, una vez elegido, no
hacemos caso a aquello con lo que nos hemos quedado, y que supuestamente había
hecho inclinarse hacia su lado la balanza.
Así que, por saber decir las palabras
correctas en el momento oportuno, gracias.
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