lunes, 18 de agosto de 2014

Generaciones

Últimamente, cada vez que veo un viejecito por la calle, pienso: los miramos como si ya no valieran nada, inútiles y desconocedores de todos los avances del siglo XXI... Pero ¿y todo lo que han vivido? Me lamento de mis problemas actuales, y ellos vivieron muchos pasados. Y no sólo las guerras, que no las desprecio pero soy totalmente incapaz de ponerme en su lugar, sino todo lo que yo ya he pasado, y más. En realidad no he pasado nada en comparación, pero preocuparme por mi futuro, por desamores, por problemas en casa, por viajar... Todo lo han vivido. Tienen su vida a la espalda. A veces les envidio, porque han tenido el derecho de vivirla entera. Ahora mismo con todas las cosas que pasan, quién sabe si podremos tener hijos, si llegaremos a vivir tanto o un accidente de avión (de eso que ni tenían ellos) o el puto ébola que de repente ha vuelto, nos mata antes. 

Y toda esa distancia y diferencias que pueda haber entre nosotros, desaparece cuando un abuelo mira a su nieta, y le sonríe. 

Cada vez que voy a verle le encuentro peor. Y hoy creí que no podría aguantar las ganas de llorar. El pobrecillo se está apagando cada día... Pero al mismo tiempo también me ha hecho sentir ganas de llorar cuando me sonreía. Me hablaba más que a mi madre y sus hermanos. Y en un momento puntual volvió a sonreir y me dijo, con voz audible y clara: no te pareces a tu padre. 

Creo, o quiero creer, que al menos cuando me ve a mi se centra, y creo que es consciente de todo. Me quiso decir que no tenía nada para darme, que no tenía fuerza... Es muy triste que sea consciente de su venirse abajo. 

Quizás sea egoista, pero estoy contenta porque he vivido algo muy especial hoy con él. Sólo con mirarme a los ojos fijamente, me veía de verdad. Tal vez en otros momentos se vaya, no sepa dónde está o diga cosas sin sentido, pero al mirarme, estaba ahí, justo delante de mí. 

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