viernes, 9 de diciembre de 2011

Desconexión


Es increíble cómo una simple imagen puede evocarme tantos recuerdos. Recuerdos que no son cualesquiera, sino esos recuerdos. Recuerdos del verano del amor, el primer verano de dos tontos locamente enamorados, un verano y unos meses que nunca jamás podremos recuperar ni repetir, porque la magia del principio es así considerada por su brevedad e intensidad.

Ahora sólo puedo recordar aquello con anhelo y una sonrisa en la cara, en cierto modo nostálgica, porque me gustaría encerrarme en aquellos momentos y no salir nunca de ellos, pero feliz porque he tenido la oportunidad de vivirlo plenamente, y porque sé a ciencia cierta que nadie me podrá arrebatar esos maravillosos recuerdos. Feliz también porque, aunque ya no con la misma pasión, sigo ampliando la estela de esa historia junto a la persona que me enseñó a amar, y de qué modo, y que a día de hoy me sigue amando.

Pero el motivo de esta entrada es otro, la imagen se repite por el significado de su mismo título: desconexión. Vuelvo de un retiro de no demasiadas horas, pero sí con una noche de por medio, con esa persona tan especial, donde incluso olvidé el cumpleaños de mi mejor amiga, mi compañera en el viaje de la vida y también mi prima. Tuve que abandonar aquel lugar sobre las nubes, para bajar a tierra y volver a ser consciente del tiempo, de los días y las noches, en definitiva, de lo que sucede en el mundo a mi alrededor. Y es que no existen las horas a su lado, cada una de ellas se pasa en una sola inspiración. Creo que seríamos aún más codiciosos si la moneda de cambio fuese el tiempo porque, en realidad, es lo único que no se puede comprar. 

Qué sensación aquella, sobre la que ya he escrito con anterioridad. No tengo nada que hacer y tampoco quiero hacer nada, la ausencia de deseo y el placer que evoca ese pequeño gran disfrute... Saber que dispones del día, del anochecer, de la noche entera, del amanecer y del día siguiente para contemplar su rostro, para acurrucarte entre sus brazos, para besarle, para hacerle cosquillas, para disfrutar de su risa y, aún más bella, su sonrisa. Para compartir anécdotas absurdas y reír al unísono, para saber que no hay nada en ese momento que te pueda hacer enfadar... para sentir ganas de llorar por ser tan afortunada. Retiro espiritual en la mejor compañía, renovar y purificar el alma como si nunca antes te hubiera ocurrido nada malo, y salir de allí sintiéndote un ángel por la cantidad de buenas intenciones de que vas cargada. Ganas de plasmar todo eso que sientes en una y otra, y otra fotografía, y sentirte tal vez algo decepcionada cuando miras cada foto que haces, y te das cuenta de que no sale como te gustaría. No se trata del encuadre, de la luz, o de que no seamos fotogénicos. Lo que ocurre es que los sentimientos no pueden ser fotografiados. Por eso son tan valiosos, porque sólo aquel que los siente puede saber cómo son. Y que no trate de explicárselos al mundo.

Me siento afortunada de haber sentido tanto en tan poco tiempo, una vez más.

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