domingo, 13 de julio de 2014

Cenizas

La esperanza es lo último que se pierde. Se va mitigando y desapareciendo poco a poco, pero siempre queda un resquicio, algo que no la deja irse del todo. Es como las brasas que quedan en la leña de la chimenea toda la noche, donde antes hubo fuego y alegría. Una noche que se hace tan larga como puede hacerse un sueño dentro de una cabeza que tan sólo lleva soñando unas pocas horas. Un sueño puede representar toda una vida, y en realidad haber transcurrido cinco minutos. Unas brasas pueden durar horas y horas, aunque en realidad no estén quemando nada. Pero nunca volverán a arder por sí solas, al igual que los sueños nunca se convierten por sí solos en realidad.

Y aún cuando parece que por fin las brasas se han apagado, cuando el tronco ya está frío, aún queda algún punto anaranjado en él. Y aún tras haberse apagado, quedan las cenizas, rastro del daño y heridas que han causado al que antes era un tronco entero. Puede llegar a reutilizarse para encender una nueva llama, pero nunca volverá a arder con la misma pasión. No volverá a darlo todo de sí porque, sencillamente, ya no está todo él.

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