Son las experiencias de la vida, sobre todo las malas, las que te hacen conocerte cada vez un poco mejor. Las que, a su vez, te hacen darte cuenta de lo que verdaderamente te importa, y lo que, en realidad, no importaba tanto.
Desde pequeña, y tras el puesto de camarera, la profesión que siempre quise desempeñar más en serio fue la de veterinaria. Los animales (salvo serpientes, arañas, y algunos asquerosos) siempre me inspiraron una gran ternura. Como leí en un libro del instituto, al igual que a la protagonista a mí me daba más pena la muerte de un animal que la de una persona cuando había un accidente.
Desde que recuerdo he tenido animales. Lo primero de todo, caballos, y desde los 6 años, perros. No imagino mi vida sin el apoyo y amor incondicional que te brinda una mascota, y la pérdida de algunas me ha marcado severamente.
Otro punto de inflexión considerable en mi vida ha sido la gimnasia rítmica. La pasión y deseo que tenía por mejorar y entrar en el equipo, el único factor que me ayudó a salir de una media depresión que tuve cuando, tras un primer desmayo por la sangre, tuve que renunciar al sueño de ser veterinaria y cogí pánico a sufrir más desmayos. Finalmente, lo mal que lo pasé cuando, para variar, tuve que decidir yo renunciar a esa forma de vida.
El último aspecto clave que me mata, es el amor. Creí que tras superar la primera ruptura no iba a volver a pasarlo así en la vida, que sería capaz de controlar la situación, pero supongo que eso depende de la medida en que se entregue cada uno. Yo doy todo el corazón, y ante esas frases que dicen que la felicidad no puede depender de otros más que de ti mismo, yo digo que una mierda. Si no te entregas no eres feliz, y no te harán estar triste después, pero tampoco habrás disfrutado como debieras.
Los animales, la gimnasia y el amor, son tres pilares de mi vida que siempre van a hacer que me derrumbe cada vez que me falte uno. Respecto a la gimnasia, el derrumbamiento lo sufro cada vez que veo o asisto a alguna competición; es una herida mal cerrada de por vida. Sólo sueño con poder casarme y llorar de alegría en mi propia boda viéndole esperarme, allá al fondo, con la misma emoción en la mirada que yo. Y tener un perro esperando en casa cuando lleguemos.
Aun así, mientras escribo esto, soy consciente de que aún me quedan muchos palos que recibir, y mucho que aprender. Me siento pequeña...
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